Atalanta.

Crónicas de una heroína en tiempos de héroes

jueves, julio 08, 2004

Del mar y de playas lejanas

El Argos es un barco magnífico. Consagrado a Atenea, nos transporta por las azules aguas de este mar tan nuestro y tan extraño, tan querido, temido y respetado.

Este mar, en cuyas ondas se reflejan las estrellas por la noche... este mar, que acaricia con ternura las arenas y las conchas de playas lejanas, y quizá algunos pies que osan acercarse a su orilla a horas tardías... este mar que me acuna mientras en cubierta escucho la respiración de mis compañeros... sé que esté dónde esté, no me abandona. Es una presencia constante en su ir y venir, en sus tritones y sus sirenas, sus algas y sus profundidades, sus infinitas gamas de verde y azul teñidas de plata... En mi corazón lo llevo, pese a que me crié en los bosques. Es un corazón de cazadora, es un corazón de amazona, fuerte, poderoso, capaz, luchador. Que corre entre las verdes frondas y con los ágiles ciervos, sorteando obstáculos y deleitándose en los olores y rumores de los montes de Artemis.

Y es un corazón que nada con los delfines. Que responde a su magia.

Ya hace días que nos siguen. Es difícil llevar la cuenta lejos de tierra, pero juraría que una luna ha transcurrido al menos desde que por primera vez oí sus voces, desde que escuché su llamada en mi interior.

Y ahí estaban. Volteando, cabrioleando, disparando aquí y allá esos proyectiles adorables y resistentes que son sus radiantes cuerpos, grises como la plata en la noche sin luna, azules en el reflejo del sol en la espuma de las aguas que agitan. Han alegrado nuestros corazones en estos días aciagos, de sed y calor, y viento y temporales. En estos días sin puerto y sin rumbo, nos han guiado.

He oído como les cantaba Orfeo. He observado una lágrima deslizarse por la mejilla de mi querido Hércules, lágrima que enjugó con un gesto de comprensión Teseo. Jasón y Meleagro no abandonan el puente cuando ellos están cerca, y sus miradas tienen tintes soñadores imaginando otras costas de blanca arena y suaves caricias.

Yo he nadado con esas bellas criaturas. He sido la única del barco que cada ocaso se ha despojado de sus ropas y ha saltado a las desconocidas profundidades. Cada noche desde que aparecieron he nadado con ellos. Me han rozado sus morros, sus aletas, sus cuerpos. Me he perdido en sus miradas, miradas dulces y sabias que prometían descanso. Y he descansado, ni que fuera sólo brevemente, en esos momentos en que retozaban a mi alrededor, consagrándome su preciosa energía, su vibrante vida. Itis, Nautiliaa, os echaré de menos cuando abandonéis nuestra estela.

Atalanta no tenía escudo. A partir de ahora, lo seréis vosotros.

Un delfín en un mar de estrellas.

martes, junio 01, 2004

De serpientes y profecías

El viento arrastra la espuma del mar y moja cada centímetro de mi morena y curtida piel. En la proa, observo como las aguas se apartan con nuestro avance. Estoy sola ahora. La cubierta está desierta. Han fijado el timón y confían en los vientos. Yo vigilo. Soy la única que se ha atrevido a permanecer aquí.

Ni el apuesto Teseo, con su cuerpo fibroso y su audaz vivacidad. Ni el fuerte Hércules, recio y valiente. Ninguno de ellos. Pues cuentan que por estos mares las sirenas embrujan a los hombres con sus cantos. No osan arriesgarse a que les encadenen al mástil. Yo no tengo miedo.

Deslizándose entre los azules, rodeadas de anémonas y madreperlas, jugando con los escualos, sé que fui una de ellas. En otro momento, en otro lugar. No temo a su canción porque ya llevo su magia dentro. Como una mariposa no temerá volar con las hadas. Como una estrella que al librarse de las cadenas del cielo cae al mar, y desde allí brillando saluda a sus hermanas, gozosa por las maravillas descubiertas.

Suspiro. La sal se incrusta en mi piel y el viento de Eolo agita mis cabellos. Poseidón me acuna. No sacude hoy el mar como sacudirá los cimientos de Creta. Bailé con los toros en mis sueños, saltando sobre su lomo, recreándome en su fortaleza y en mi agilidad. En Cnosos donde Minos reina. En su laberinto de serpientes y tesoros, por ahí esquivaba los cuernos que ansiaban atravesar mi carne.

La pitón real que me acompaña acaba de asomar la cabeza por mi cinto. Su lengua bífida vibra. Sé que le gusta mi presencia y mi calor. Regalo de las amazonas, mi tributo a Apolo, la estrella más brillante. La antorcha que brilla en el cielo.

Y en la tierra fue Paris la antorcha, y Casandra la serpiente que sintió su fuego. Alejandro y Alejandra. Amada por Apolo, y bendecida y maldecida por su don profético, vio la caída a manos del caballo. Ella también fue amazona y cabalgó por las praderas, y trabó amistad con los centauros. Hermana de dos príncipes, princesa por derecho propio. Casandra se ungió de la sabiduría de Atenea allí donde Helena fue bañada por Afrodita. Por las dos cayó Troya, y por el amor de los hombres y el de los dioses. Y de las diosas. Pues Paris fue el vértice. ¿Y quién no lloró por Héctor? Pues Héctor merece todas las lágrimas que derramemos por él, el más valiente de los jefes troyanos.

Y Homero la consideró la más bella de las princesas de Troya, y así Agamenón la hizo suya, como de Menelao Helena fue. Dos hermanos con dos princesas. Dos mujeres cuya hermosura no fue, en el fondo, lo mejor de ellas.

miércoles, mayo 19, 2004

De manzanas y diosas

Género Malus. Redondeada, de piel suave, amarilla, verde o rojiza. Tentadora. Dulce, muy dulce, o muy ácida...

Manzanas. Fueron tres, tres manzanas doradas las que me perdieron. Yo, que nunca fui vencida en carrera alguna, fui tentada por tres frutas brillantes para ser entregada al hijo de Poseidón.
Tres manzanas, tres diosas. Atenea, me diste tu sabiduría. Artemisa, fuiste mi madre y mi guía. Afrodita, me hiciste renunciar a mis votos...
Fui guerrera y cazadora, fui amazona a lomos de un corcel, mis saetas volaron prestas al encuentro de la presa, y nadie alcanzaba a rozar mi cuerpo en una carrera a cielo o mar abierto. Sigo siendo todo eso. Perdí mi corazón, perdí mis votos por las diosas, pero no perdí mi fuerza ni mi coraje.
Como las manzanas, convertí acidez en dulzura, valor en pasión... Y mi sangre se pierde entre sus fibras al morderlas, una y otra vez, mezclando mi vida con la suya.

Una manzana perdió también a Eva, primera mujer de las religiones patriarcales. Pero ésta no fue la manzana del amor, sino la manzana del conocimiento, la fruta prohibida, del Árbol del Bien y del Mal, la fruta del discernimiento. Y así ese conocimiento, que adquirió la primera, la convirtió en la tentadora, en la segunda Lilith para los hombres. Y años atrás, nuestra Eva mitocondrial, nuestra Eva negra, recorría el valle del Rift en el África profunda, dejando sus huellas marcadas para generaciones venideras, que la nombrarían en un cielo de diamantes, Lucy. Australopithecus afarensis, paseando con su familia por Olduvai, hace millares de años. Nuestra madre genética. Delicadas hebras de la hélice mágica en minúsculos sacos de respiración que recibimos a lo largo de nuestra línea materna desde el inicio de los tiempos, transformadores de oxígeno de veneno a aliento de vida.

Eras de los hombres más tarde, se seguía honrando a la madre en Ynis Witrin, Emhain Avallach, la Isla de Cristal, la Isla de las Manzanas, Avalon de los druidas, perdida entre las brumas en mor del Glastonbury Tor, de la abadía cristiana. Viviane, Dama del Lago, suma sacerdotisa, descendiente de la unión de la serpiente celta y el águila romana en la época de los emperadores. Donde la Diosa se mantiene en comunión con el Astado, Cernunnos del los bosques. Donde Uther Pendragón engendró a Arturo en la línea sagrada de Ygraine. Glastonbury, cuentan que alzada benedictina sobre las ruinas de la primera iglesia cristiana de las islas, construida por José de Arimatea, posiblemente reposo del Santo Grial, del Sangreal durante algunas estaciones. El cáliz sagrado que recogió la sangre del pescador de hombres. Copa que ansió y desea la Iglesia, y Roma, todavía.

Curiosamente, una de las múltiples variedades de manzanas es conocida como Rome Beauty. De piel rojo brillante, jugosa, dulce y crujiente, con carne blanca salpicada de rojo, ideal en repostería. Brillante como un rubí.

martes, mayo 18, 2004

De un viaje en el Argos

Jasón. Hércules. Teseo. Laertes. Meleagro. Cástor y Pólux, los Dioscuros. Sé que todos me observan. La única mujer en cubierta. La única mujer en un barco de hombres. Soy tan buena como ellos, o incluso mejor. No podrían derrotarme en una carrera justa. Y sin embargo, soy mujer. Aunque sea cazadora, aunque lleve mi arco y mis flechas en la aljaba. Una osa me cuidó, y Artemisa fue mi madre cuando no tenía ninguna. Y a ella me consagré, hasta que los hados cambien el hilo de mi vida.

Siempre confié en mi fuerza. Supongo que por ese motivo me miran con recelo. Una mujer griega, cazadora y virgen. Independiente. Luchadora. No están acostumbrados a eso. Les fascino, sí.
Hace unos días, en la cacería en la que clavé mi certera flecha en la fiera de Caledonia, cuando mi caballo y yo volábamos con el viento a su encuentro, oí a Meleagro murmurar, observándome... ¿cómo puede al mismo tiempo ser fuerte y dulce?
Mis ojos brillan ahora contemplando el mar. Aunque no me acepten como uno de ellos, aunque sólo consigan verme con la mirada del deseo, no soy una mujer que se rinda. Este es mi viaje.