Del mar y de playas lejanas
El Argos es un barco magnífico. Consagrado a Atenea, nos transporta por las azules aguas de este mar tan nuestro y tan extraño, tan querido, temido y respetado.
Este mar, en cuyas ondas se reflejan las estrellas por la noche... este mar, que acaricia con ternura las arenas y las conchas de playas lejanas, y quizá algunos pies que osan acercarse a su orilla a horas tardías... este mar que me acuna mientras en cubierta escucho la respiración de mis compañeros... sé que esté dónde esté, no me abandona. Es una presencia constante en su ir y venir, en sus tritones y sus sirenas, sus algas y sus profundidades, sus infinitas gamas de verde y azul teñidas de plata... En mi corazón lo llevo, pese a que me crié en los bosques. Es un corazón de cazadora, es un corazón de amazona, fuerte, poderoso, capaz, luchador. Que corre entre las verdes frondas y con los ágiles ciervos, sorteando obstáculos y deleitándose en los olores y rumores de los montes de Artemis.
Y es un corazón que nada con los delfines. Que responde a su magia.
Ya hace días que nos siguen. Es difícil llevar la cuenta lejos de tierra, pero juraría que una luna ha transcurrido al menos desde que por primera vez oí sus voces, desde que escuché su llamada en mi interior.
Y ahí estaban. Volteando, cabrioleando, disparando aquí y allá esos proyectiles adorables y resistentes que son sus radiantes cuerpos, grises como la plata en la noche sin luna, azules en el reflejo del sol en la espuma de las aguas que agitan. Han alegrado nuestros corazones en estos días aciagos, de sed y calor, y viento y temporales. En estos días sin puerto y sin rumbo, nos han guiado.
He oído como les cantaba Orfeo. He observado una lágrima deslizarse por la mejilla de mi querido Hércules, lágrima que enjugó con un gesto de comprensión Teseo. Jasón y Meleagro no abandonan el puente cuando ellos están cerca, y sus miradas tienen tintes soñadores imaginando otras costas de blanca arena y suaves caricias.
Yo he nadado con esas bellas criaturas. He sido la única del barco que cada ocaso se ha despojado de sus ropas y ha saltado a las desconocidas profundidades. Cada noche desde que aparecieron he nadado con ellos. Me han rozado sus morros, sus aletas, sus cuerpos. Me he perdido en sus miradas, miradas dulces y sabias que prometían descanso. Y he descansado, ni que fuera sólo brevemente, en esos momentos en que retozaban a mi alrededor, consagrándome su preciosa energía, su vibrante vida. Itis, Nautiliaa, os echaré de menos cuando abandonéis nuestra estela.
Atalanta no tenía escudo. A partir de ahora, lo seréis vosotros.
Un delfín en un mar de estrellas.
