De serpientes y profecías
El viento arrastra la espuma del mar y moja cada centímetro de mi morena y curtida piel. En la proa, observo como las aguas se apartan con nuestro avance. Estoy sola ahora. La cubierta está desierta. Han fijado el timón y confían en los vientos. Yo vigilo. Soy la única que se ha atrevido a permanecer aquí.
Ni el apuesto Teseo, con su cuerpo fibroso y su audaz vivacidad. Ni el fuerte Hércules, recio y valiente. Ninguno de ellos. Pues cuentan que por estos mares las sirenas embrujan a los hombres con sus cantos. No osan arriesgarse a que les encadenen al mástil. Yo no tengo miedo.
Deslizándose entre los azules, rodeadas de anémonas y madreperlas, jugando con los escualos, sé que fui una de ellas. En otro momento, en otro lugar. No temo a su canción porque ya llevo su magia dentro. Como una mariposa no temerá volar con las hadas. Como una estrella que al librarse de las cadenas del cielo cae al mar, y desde allí brillando saluda a sus hermanas, gozosa por las maravillas descubiertas.
Suspiro. La sal se incrusta en mi piel y el viento de Eolo agita mis cabellos. Poseidón me acuna. No sacude hoy el mar como sacudirá los cimientos de Creta. Bailé con los toros en mis sueños, saltando sobre su lomo, recreándome en su fortaleza y en mi agilidad. En Cnosos donde Minos reina. En su laberinto de serpientes y tesoros, por ahí esquivaba los cuernos que ansiaban atravesar mi carne.
La pitón real que me acompaña acaba de asomar la cabeza por mi cinto. Su lengua bífida vibra. Sé que le gusta mi presencia y mi calor. Regalo de las amazonas, mi tributo a Apolo, la estrella más brillante. La antorcha que brilla en el cielo.
Y en la tierra fue Paris la antorcha, y Casandra la serpiente que sintió su fuego. Alejandro y Alejandra. Amada por Apolo, y bendecida y maldecida por su don profético, vio la caída a manos del caballo. Ella también fue amazona y cabalgó por las praderas, y trabó amistad con los centauros. Hermana de dos príncipes, princesa por derecho propio. Casandra se ungió de la sabiduría de Atenea allí donde Helena fue bañada por Afrodita. Por las dos cayó Troya, y por el amor de los hombres y el de los dioses. Y de las diosas. Pues Paris fue el vértice. ¿Y quién no lloró por Héctor? Pues Héctor merece todas las lágrimas que derramemos por él, el más valiente de los jefes troyanos.
Y Homero la consideró la más bella de las princesas de Troya, y así Agamenón la hizo suya, como de Menelao Helena fue. Dos hermanos con dos princesas. Dos mujeres cuya hermosura no fue, en el fondo, lo mejor de ellas.
